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SHEINBAUM NO PODRÁ QUITARSE DE ENCIMA LA IMAGEN DEL EX PRESIDENTE

Foto del escritor: Juanita Medellín Barbosa
Juanita Medellín Barbosa
3 oct 2024
3 min de lectura

El Zócalo capitalino no fue todo de Claudia Sheinbaum. Detrás de ella estaba Palacio Nacional, a su izquierda el edificio sede del gobierno de la Ciudad de México, desde donde despachó los primeros años del primer sexenio morenista.


El pasado y el presente se encontraron literalmente en la esquina. Y en el centro estaba ella, la protagonista, la primera mujer nombrada presidenta. Así, con “a” al final, como ella lo ha pedido en más de una ocasión. Se colocó al frente, vestida de blanco, sobre el templete. El día le sonrió. Lo que se pronosticaba como una tarde gris, normal para un día de otoño, no lo fue, incluso un tímido sol alcanzó a asomarse. Pero detrás de Claudia una sombra se erigió y ella misma fue quien la invocó. Las primeras líneas de su discurso en el Zócalo se las dedicó a él: al ahora expresidente López Obrador.


Horas antes hizo lo mismo en el Congreso. Colocó el nombre de Andrés Manuel en las primeras palabras públicas pronunciadas en su discurso ya como presidenta. Por la mañana aún se refirió a López Obrador como “presidente”, en un acto que corrigió prácticamente al instante. Ya para la tarde eso no fue necesario. Los gritos de “presidenta, presidenta” podían recordarle que ahora era ella la que estaba al frente. Pero el resto no olvidaba, no tan rápido.


Apenas suena un fragmento de “Las golondrinas” cuando una señora exclama: “¡Esaaa nooo!”. Está en el Zócalo capitalino, en el primer encuentro de Claudia Sheinbaum con el pueblo, pero ella vive el evento como una despedida. “Yo sí estoy triste porque AMLO se va”, dice. Tiene 69 años y se llama Delfina Sánchez. Viajó desde Morelos para escuchar a la primera presidenta de México, pero una cara larga y la sonrisa a medias la delatan. Se alegra del triunfo de Sheinbaum; la entristece, sin embargo, la salida del exmandatario. “Ni Lázaro Cárdenas llegó a ser tan grande como él”, afirma.


Por momentos, lo que fue planeado como una verbena popular se siente como una fiesta a medias, a medias alegre, bajo un cielo medio nublado, que amenaza, pero que no se anima a llover. Hay música, gritos de apoyo y algunas lágrimas. La misma dinámica de hace seis años, cuando López Obrador hizo un evento similar el 1 de diciembre de 2018. Como él, Sheinbaum también recibió el bastón de mando por parte de 70 pueblos originarios y afromexicanos, aunque esta vez, por primera vez, fue de manos de una mujer indígena.


“Eres la esperanza de nosotras las mujeres, hoy las mujeres indígenas estamos de fiesta. Claudia que los elementos sagrados te acompañen”, le dijo una de ellas con una voz entrecortada. Sheinbaum portaba un collar de flores blancas.


Quienes la acompañaban en el templete levantaban los brazos hacia el este, oeste, al norte y sur, en ese orden, para pedir que la presidenta “gobierne con amor y compromiso”. El resto de los asistentes, por debajo del escenario, también lo hicieron. Por minutos el Zócalo se convirtió en una imagen de brazos abiertos.


De ese tipo de simbolismos estuvo lleno el primer día: recibió la banda presidencial de la mano, ya frágil, de Ifigenia Martínez; vistió un vestido diseñado por una mujer oaxaqueña, en el Congreso la recibió una comitiva formada solo por mujeres. “No llego sola, llegamos todas”, dijo en más de una ocasión.


Pero no todos la conocen. O no aún. Leonardo tiene seis años, llegó hace cuatro días de Guerrero a la Ciudad de México después de que el huracán John destruyera la casa en la que habitaba con su hermano, su hermana y sus padres en la zona Diamante de Acapulco. Leonardo dice que no sabe quién es Claudia Sheinbaum, pero agita con entusiasmo una bandera con su nombre.


Cuando se le pregunta por Andrés Manuel López Obrador la respuesta es distinta. “Ese el señor que vive en el castillo”, dice mientras señala con el dedo al Palacio Nacional, ese que desde ahora habitará Sheinbaum y al que Leonardo vio ayer en vivo por primera vez. Él ha nacido casi a la par que el sexenio obradorista. Quizá aún no lo entiende, pero su hermana lo corrige y le dice que el día es importante porque ahora en México hay una mujer presidenta.

 
 
 

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