LA DESCOMPOSICIÓN DE LA LLAMADA 4T Y QUE BUSCA DAÑAR A MÉXICO INCONSCIENTEMENTE O CONSCIENTEMENTE

Poder mata ideología. Cuando un movimiento, por ideologizado que sea, se hace gobierno, supedita su doctrina a su permanencia. Sus jefes empiezan por argumentar que necesitan el mando para trocar ideario en realidad, pero pronto se les olvida para qué querían mandar. Si perdemos el poder perdemos el deber, se repiten, y nuestro lugar lo tomarán conservas y fachos, así que hay que conservarlo a toda costa. Y qué mejor manera de hacer justicia que empezar por nosotros mismos, que también fuimos vilipendiados.
Morena recorrió ese camino muy rápidamente porque obtuvo pronto las mieles del aparato del Estado. En la 4T hay de todo, claro, pero la gran mayoría de sus líderes y cuadros ya enseñan el cobre. Y la plata. Han sucumbido al encanto de sus prerrogativas, y su tribalismo dejó de sustentarse en la ideología para ocuparse de la parcela. Las pugnas son cada vez más feroces y las corruptelas cada día más visibles. Primero nos enteramos del huachicol fiscal y de la Barredora por el fuego amigo, luego de las transas del exjefe de comunicación por sus reyertas intestinas. La cloaca se destapó desde adentro. El estercolero se desborda al ritmo de la guerra civil de tribus en las que, en efecto, no hay doctrinarios o pragmáticos: hay puros impuros.
Febrero nos dio dos ilustraciones. Una fue el libro de Julio Scherer y Ibarra y Jorge Fernández Menéndez (Ni venganza ni perdón, Planeta, 2026). Más allá de los juicios al relator están las anécdotas, los datos, los perfiles.
El texto tapa el minúsculo resquicio por donde podía colarse una exoneración. Lo dijo AMLO una y otra vez –los presidentes están enterados de todo, y si hay corrupción es porque ellos la avalan– y ahí se ratifica: “El mundo del gobierno en los pasados seis años se llamó Andrés Manuel López Obrador. Él gobernaba, él decidía, él actuaba, él conversaba, él estaba en todo. Andrés Manuel era el gran orquestador y el gran tomador de decisiones”.
Su vocación autocrática era ostensible, y sólo la ingenuidad llevaría a pensar que desconocía lo que hacían quienes hoy están en la picota. El ejemplo más contundente citado por Scherer es el de Jesús Ramírez Cuevas, a quien señala de desviar recursos para la manipulación informativa e incluso de conectar al rey del huachicoleo a las más altas esferas de la cosa pública
Algunos analistas consideran que Ni venganza ni perdón es un ajuste de cuentas, otros que es un mensaje de cara a 2030. A mí me interesa como testimonio de la gestación de un régimen populista. Lo advertí en un artículo publicado hace casi un año: la rijosidad tribal mató al perredismo, y Morena debe verse en ese espejo que yace en el fondo del mar (“El PRD: Crónica personal de un naufragio”,. La lectura entre líneas da para mucho; no en balde ha sido recibido con furia por los “duros” de la 4T. Si se le quitan a la mazorca narrativa las hojas del cuidado al personaje, quedan al descubierto granos enjutos y negros quizá libres de transgénicos, pero sin duda plagados de hongos de descomposición. Con ese maíz se hizo país. O, para decirlo en una metáfora del estilo personal de administrar de AMLO reseñado en el libro de marras –cuchufleta incluida–, quiso ser un Santa Clos con un trineo de Mexicana, una fábrica del Polo Norte dañada por su maximalismo destructor y elfos obligados a demostrar que eran más leales que capaces.
La otra ilustración de febrero fue la telenovela de Marx Arriaga en la Secretaría de Educación Pública. Sólo en este México cuatrotero se pudo montar un espectáculo así: un funcionario de cuarto nivel, sin trayectoria ni prestigio intelectual, cuyo único palmarés para llegar a la SEP fue la recomendación de la esposa del entonces presidente, asumiendo el papel teatral del prepotente que se burla de los burócratas y policías que recibieron la orden de acompañarlo a salir de las instalaciones. (Nota Internet)




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