EL AZTECA NO QUEDÓ BIEN
- Zona Política
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Desde la llegada, el operativo parecía ensayado. El Tren Ligero ofrecía rutas diferenciadas (una directa y otras con paradas selectivas) que, al menos en papel, ordenaban el flujo. En la práctica, la llegada una hora antes del partido resultó sorprendentemente ágil. Afuera, un perímetro blindado por seguridad hacía que la caminata fuera tranquila, casi familiar, como si el caos habitual hubiera decidido tomarse el día libre.
Pero el Azteca también juega sus propios partidos invisibles. Apenas uno se acercaba, la señal telefónica desaparecía como si el estadio la absorbiera. Y con ella, la modernidad: boletos digitales imposibles de cargar, filas que avanzaban a trompicones, rostros entre la frustración y la resignación. El filtro de seguridad, en cambio, fluía con inusual calma… aunque con prácticas discutibles, como la revisión exclusiva de bolsas femeninas.
Adentro, el déjà vu. Las rampas, los túneles: intactos, como cápsulas del tiempo. Alrededor, eso sí, el ambiente invitaba a llegar temprano. Actividades, dinámicas, pequeños espectáculos para llenar la antesala del partido. Pero bastaba desviar la mirada para notar que la reinauguración aún está en obra: enchufes ausentes, hoyos en paredes y pisos, tierra y arena que recordaban que el Azteca sigue en transición.
Los baños de zona general permanecen anclados en otra época. Los asientos, en cambio, parecen haber viajado al futuro… pero al revés: más angostos, más incómodos, como si la experiencia del aficionado se hubiera comprimido. No todo es negativo: la desaparición de la reja en general abre la vista, libera el horizonte y devuelve algo de dignidad a esa zona históricamente castigada.
Lo más destacado, sin duda alguna, es el campo con sistema híbrido. La combinación del pasto natural con fibras sintéticas (95 por ciento del primero y cinco por ciento del segundo) acapara los reflectores y coloca el terreno de juego a la altura de los mejores del mundo.
Ya en la butaca, el contraste se vuelve más evidente. Sí, hay pantallas nuevas, palcos relucientes, un sonido notablemente mejor y anillos LED en el interior del estadio. Pero más allá de esos destellos, cuesta percibir la inversión millonaria que se prometía como transformación total. Y mientras el estadio intenta modernizarse, falla en lo básico: sin señal, sin wifi, una red tan anunciada como inexistente, el espectador queda desconectado en pleno 2026. (Nota Internet)




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